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A los 78 años murió ayer el periodista, crítico de cine y
fundador del cineclubismo en el país Salvador Sammaritano, a
quien varias generaciones de espectadores le deben su primer
acercamiento a las mejores expresiones de cine arte a través del
legendario Cine Club Núcleo, que fundó en 1953 (allí se
proyectaron los primeros films de Ingmar Bergman en el país),
y cuyas actividades continúan hasta hoy.
Alguna vez comentó el humorista Ferro, creador del buzo
Chapaleo: «Hay gente que te pone el pie para que te caigas. Yo
conozco un tipo que, apenas te conoce, te pone escaleritas para que
subas. Se llama Salvador Sammaritano». Alegre, lleno de
anécdotas risueñas y chistes no siempre repetibles, el «Negro»
Sammaritano fue maestro normal en su juventud y, sobre todo,
amigo, en el más antiguo y porteño sentido de la palabra.
Así dejó el recuerdo en redacciones, bares aledaños a las
redacciones, cines, distribuidoras y las sucesivas y variadas salas
por donde condujo su cineclub, donde en las épocas de mayor censura
se las ingenió para poder exhibir, aun corriendo riesgos personales,
algunos de los títulos prohibidos por el siniestro Ente de
Calificación.
En 1983, con la llegada de la democracia, extendió desde ATC su
labor de difusión en el programa «Cine Club», que condujo
durante varias temporadas. Estuvo al frente de numerosos programas
de radio, fundó la revista «Tiempo de cine» (1960-1968) y fue
director de la colección «Cine Ensayo» (1955-1970). Como gerente de
Abril, fue pluma privilegiada en casi todas las publicaciones de esa
editorial hasta 1983.
También dejó su recuerdo en las oficinas del INCAA, donde llegó a
tener los cargos de vicedirector durante la gestión de Antonio
Ottone y, poco después, director de la escuela de cine, Enerc,
en la que sus restos eran velados desde anoche.
Acudió a multitud de festivales internacionales presidiendo la
delegación argentina; una vez, un interventor del Instituto quiso
conocer el Festival de Moscú. «Usted presénteme porque no conozco
a nadie». El «Negro», entonces, le presentó a Luis Bardem,
director comunista, pero con algo en común con el interventor: ambos
amaban el tango. «Y esa noche terminaron los dos abrazados,
cantando tangos en la Plaza Roja», se reía después
Sammaritano. Hasta se dio el gusto de actuar en cine: primero en
una fugaz aparición en «Paula cautiva», y en los '80 cuando
Eliseo Subiela lo convocó para un pequeño papel en «El
lado oscuro del corazón». Melómano, dueño de una discoteca y una
videoteca enormes, solía fatigar junto con amigos suyos las mejores
casas de CDs y DVDs importados y, a veces, se divertía escondiendo
en sus bolsillos las excesivas compras al regresar, para que en casa
no lo consideraran un gastador.
Tuvo un solo defecto: nunca quería molestar. Por no molestar a su
familia, disimuló más tiempo de lo conveniente una dolencia que
después ya no tendría cura. Su hijo Alejandro y su esposa,
Pirucha, lo suceden al frente del Cine Club, que alguna vez fue
definido con exactitud por su amigo Roland: «Núcleo:
reunión de fieles en torno a un samaritano».
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El Negro fue un grande
Por José Pablo Feinmann
(Publicado en Página 12)
Sammaritano eligió el camino
del erudito, no del “creador”. “Creador” es cualquiera.
Eso le sirve para el ego, para el desdén, para la vanagloria.
Eruditos hay pocos. El Negro Sammaritano pudo haber filmado. Pudo
haber escrito. Pudo haber hecho música. (Sobre todo, no se
sorprendan, música.) Pero le sucedía algo casi inexistente hoy:
tenía autocrítica. Decía: “Yo veo una película de Bergman o
una de Ford o una de Antonioni, y me digo ¿para qué voy a filmar
yo? Si yo pudiera acercarme un poco a lo que esos tipos hicieron,
si pudiera agregar algo, por pequeño que fuese, a lo que esos
tipos hicieron, filmaría. Si no, no. Con las ganas no alcanza.
Uno tiene talento o no lo tiene. Y si no lo tiene, mejor que lo
averigüe pronto y no les quite tiempo a los demás”. El Negro
sabía mucho de muchas cosas. Admiraba tanto a los grandes que le
pareció más importante dedicar su vida a divulgar sus obras que
a hacer las suyas. Tipos como el Negro, que toman una decisión así,
no sólo son también, a su modo, creadores, son sabios. Hizo,
entonces, todo lo que hizo. Fundó el Cine Club Núcleo en 1954;
tendría, él, 24 años. Después publicó una revista hoy mítica,
Tiempo de cine. Se peleaba con los que hacían otra que tuvo
presencia en los últimos años. Les decía: “Tiempo de cine
tuvo que cerrar por falta de guita. Ustedes van a cerrar por
exceso de soberbia”. Fue profesor en universidades extranjeras.
Anduvo por Cuba, por México. Viajó mucho a Europa. Había sido
parte de la escuela de cine del litoral, la que fundó Fernando
Birri, una escuela que hizo historia, de la que salieron tipos de
mucha jerarquía. Cuando, durante el menemismo, le dieron el
Instituto a Antonio Ottone, al Negro lo pusieron de subdirector.
Era una garantía que estuviera ahí. Todos lo sosteníamos. Duró
poco. Lo echaron. Le hicimos una cena de desagravio. El Negro tenía
un humor que lo salvaba de todo. Del ridículo y de esa forma
exasperada del ridículo que es la solemnidad. La cena de
desagravio fue un jolgorio. Comimos, bebimos, contamos chistes. El
Negro era un formidable y apasionado contador de chistes. De
pronto, alguien tiene que hablar. Hay que decir el discurso de la
circunstancia. Hay que decir que está mal que lo hayan rajado al
Negro, que lo rajaron porque es honesto, porque el menemismo es la
superproducción, en Cinemascope, sonido estreofónico, reparto
estelar e infinito, de la corrupción. Es Lo que el viento se llevó
llevado al arte imperecedero del afano. Cualquiera podría haber
hablado, el buen vino aligera cualquier lengua. Hablé yo, acaso
porque ni vino necesito para darle duro al parloteo. Se me ocurre
decir (aludiendo al raje del Negro): “De donde echan al Negro,
echan al cine”. Desde lejos, el Negro dice: “Callate, che. Que
ahora mismo están filmando unas películas buenísimas en
Holanda, en Nueva York y hasta en Madrid, y yo estoy aquí,
boludeando con ustedes”.
Era radical y admiraba a los revolucionarios soviéticos.
Esto me lleva al aspecto acaso menos conocido del Negro, pero el más
hondo porque tiene que ver con el arte que más amaba, y eso que
al cine lo amaba como pocos lo amaron. Pero el Negro era un eximio
musicólogo. Sabía de música más que, por ejemplo, el hoy
completamente olvidado, el estrepitosamente vanidoso Jorge
D’Urbano, que ponía la boca como culo de gallina para decir “Bruckner”.
O “Beethoffen”, que así le salía el nombre del Gran Sordo.
Un tipo que, de Gershwin, decía: “Un músico brillante, pero
exterior”, algo así, algo horrible. El Negro amaba toda la música.
El Negro también –como dije– amaba a los revolucionarios soviéticos.
Creo que era muy antiperonista, pero nunca hablábamos de eso, ¡había
tanto para hablar! Una vez, me dice: “Papá Stalin no se equivocó
con Shostakovich. Ya con La nariz Dimitri se estaba bandeando
demasiado para el lado del atonalismo. Con Lady Macbeth del
distrito de Mtsensk insistió. Ahí, Papá Stalin le dijo
‘basta, Dimitri. No joder con atonalismo. La música es para el
pueblo’. Gracias a eso tenemos la 15 maravillosas sinfonías de
Shostakovich. Hoy, que las orquestas sinfónicas son más
poderosas que nunca, que suenan fantásticamente, ¿qué tocarían
si no? Lo tienen a Shostakovich”. “¿Cuál te gusta más de
las 15?” Lo piensa. Dice: “Todas son lindas”. No podía
elegir. Le gustaban tanto, que no había una que pudiera
privilegiar a las otras. Si uno iba a su casa lo llenaba de música.
Además asumía que uno era tan erudito como él. “¿Qué
escuchamos? –me preguntaba–-. ¡No te voy a poner el concierto
de Ravel!” Para el Negro, el concierto de Ravel era pan comido,
algo que uno ya se sabía de memoria. Entonces ponía una joya
como el Concierto para terminar con todos los conciertos. Y se
divertía como un niño. Es un concierto que mezcla los de
Rachmaninoff, el de Tchaikovsky, el de Grieg, alguno de Beethoven
y la Rhapsody in Blue. El resultado es desopilante. “¿Te gustó?
¿Te gustó?”, preguntaba con ese arte para el tartamudeo del
que solía hacer gala. No estaba con Schoenberg, es cierto. Le
parecía que había tomado un camino equivocado. Pero no había
obra del disonante Arnold que no tuviera, que no conociera, que no
hubiera escuchado un montón de veces. “Sin embargo, tiene cosas
buenas. Escuchá, escuchá esto”, decía. “Ger-shwin y
Schoenberg jugaban juntos al tenis –me permitía decirle yo–.
Arnold orquestó el segundo preludio de George. Ellos eran amigos
y los críticos creen que son antitéticos.” Y él, con una
seguridad que me llenaba de alegría: “¿Y qué querés? Si
Gershwin era Dios...” Una vez viene a mi casa. Yo tenía todavía
mi piano y solía tocar. Ahora lo regalé, pero eso no importa.
Había tramado algo parecido a un preludio. (Como dije: cualquiera
puede hacer cualquier cosa. Sobre todo, mal.) “Escuchá, Negro.
Escuchá.” Lo toco. Sonaba demasiado a Gershwin. El Negro dice:
“Pero eso se lo afanaste al maestro”. “Y sí.” “Dejate
de joder y seguí escribiendo.” Ahora estamos en la puerta de un
cine, alguien se acerca y empezamos a hablar de música. El Negro
me señala y dice: “Sí, él sabe de música, pero porque la
merca se la doy yo”. El, es verdad, me daba la merca. Lo que le
pedía, al Negro no le faltaba. No bien lo conocí –allá lejos,
por 1982– le dije que mi mujer y yo, en nuestra primera cita,
nos habíamos confesado lo que amábamos: Faulkner, Chandler,
Borges, el Séptimo Círculo, Cantando bajo la lluvia, Gershwin,
Schumann, los estudios de Chopin y el “Concierto para dos
pianos” de Poulenc. “Que no lo podemos conseguir por ninguna
parte. Increíble, Negro. No tenemos ni una versión.” Al día
siguiente, el Negro me trajo una. La que tiene al propio Poulenc
en uno de los pianos. “¡Qué concierto hermoso!, ¿no?
–dice–. Es la alegría de vivir.” También él lo era. Me
hizo conocer la versión de “Té para dos” que Shostakovich
había compuesto para la Sinfónica de Leningrado. La cosa fue así:
la Sinfónica salía de gira mundial y, al frente de ella, su gran
director, Kirill Kondrashin. Cuenta la leyenda que Kondrashin
advierte –al pie del tren en el que partirán– que la gira
incluye Estados Unidos y no tienen algo bueno para un bis. “¿Qué
hacemos si nos piden un bis en el Carnegie Hall?” Desde la
estación lo llaman a Shostakovich, que responde: “No se
preocupen”. Y al rato llega a manos de Kondrashin un arreglo de
“Té para dos” que Dimitri había compuesto en media hora. Es
una obra maestra, sin más. Salvo la de Anita O’Day en el
Festival de Newport, ninguna otra versión la supera. La conocí
–como tantas otras cosas– gracias al Negro. Tenía las 104
sinfonías de Haydn. Y decía, contra eso que muchos dicen, que no
eran todas iguales. Y hasta era capaz de silbarte o tararearte las
104. Pero lo mejor que me hizo conocer el Negro fue él. Conocerlo
fue una de las alegrías, de los privilegios de mi vida. Era un
gran tipo. Un tipo que amaba el cine, la música, contar chistes,
recibir amigos en su casa, hacerte descubrir algo que él había
descubierto hacía mucho pero volvía a descubrirlo con vos. Lo
vamos a extrañar. Aunque siempre que lo recordemos –y será a
menudo– algo de su alegría, de sus ganas de vivir, de su pasión,
nos hará más tolerables las desventuras de este mundo.
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| Doloroso: Murió el crítico
Salvador Sammaritano |
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Escrito por Pablo De Vita para
www.elcine.ws |
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Hoy jueves se apagó la vida de
Salvador Sammaritano, querido por todos y de una
trayectoria en el periodismo argentino dificilmente equiparable.
El recuerdo al mítico fundador del Cine Club Núcleo
y creador de la revista Tiempo de Cine no omiten al
conversador animado, entrañable, siempre dispuesto a la
anécdota con aquél que brindó cariño, comprensión, aliento y
estímulo a generaciones de apasionados por el séptimo arte. Fue
un talentoso periodista, reconocido cineclubista, melómano
y hombre de vasta cultura, pero ante todo fue un gran ser humano
que permanecerá en el recuerdo, y en su legado.
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Casi como su admirado Ingmar Bergman,
en la infancia se dedicaba a proyectar imágenes sobre una sábana y,
un par de décadas después, a exhibir al creador de Persona
y Gritos y susurros junto a otros
baluartes del cine mundial. Una infancia que entremezclaba las
tardes de un cine de ensueños con el National de Palermo donde sus
pequeños ojos leían en los programas de mano la oferta de “una
película sonora y hablada” casi como una novedad.
Salvador Sammaritano –imposible otro nombre que lo
definiera mejor–, uno de los fundadores del cine club Núcleo, fue
profesor de la no menos mítica Escuela de Cine de Santa Fe,
subdirector del Instituto Nacional de Cine, llevó las obras de
Andrei Tarkovsky, Buster Keaton,
Andrzej Wajda, Rene Clair,
Marc Allegret o Sergei Eisenstein a las
pantallas (chicas) del país con Cineclub durante muchos
años por Canal 7 y creó una revista de corta vida –y larga impronta–
como fue Tiempo de Cine, sin lugar a dudas, la
mejor publicación de cine editada en la Argentina. Conversador
entrañable, apasionado melómano y autor de una frase que reformula
el Evangelio de Mateo con mucho cariño: “Bienaventurados los
audaces porque de ellos será el reino del cine”. en el recuerdo
permanecerá por siempre como un eslabón fundamental para comprender
la historia del cine argentino. Sammaritano dedicó toda su vida a
promover y preservar joyas de la cinematografía; y también en
colaborar y acompañar a los estudiantes de cine que desde las aulas
de la Enerc (donde son velados sus restos) dieron sus primeros
pasos. Considerado simplemente un maestro, cuya mejor clase fue la
de su vida a modo de ejemplo, fue homenajeado en el 20º Festival de
Cine de Mar del Plata.
Prueba de la honestidad intelectual que lo
acompañó toda su vida es que Núcleo nunca dejó de proyectar
películas de gran nivel artístico aunque tocaran temas de fuerte
contenido. De hecho, pasaron muchos años en el Auditorio del
Instituto Superior de Cultura Religiosa de la calle Rodriguez Peña,
hasta que un problema de habilitación municipal de la sala
cinematográfica los obligó a buscar un nuevo destino para sus
funciones. Pero la historia había comenzado décadas atrás, más
precisamente en 1952, cuando Sammaritano junto a Jorge
Farenga, Luis Isaac Soriano y Ventura Pereyro
(todos amigos y vecinos de Colegiales) se unieron interesados en
compartir y promover grandes títulos comenzando de una forma mucho
más que modesta, con un proyector de 16 mm Kodascope de doble
perforación y, por ende, de la época del cine mudo. La
Carreta de James Cruze (1923) fue el
título elegido. Salas como Los Independientes (hoy Payró), la
Asociación Bancaria, el cine Lorraine (cuyo recuerdo emociona a
quienes hoy peinan canas), el Dilecto, el Instituto de Cultura
Religiosa Superior, el cine Lara, el IFT, el Alfil, el Maxi, el
Premier, el Electric, el bastión cultural que es el cine Cosmos (en
varias oportunidades y aún hoy), el Complejo Tita Merello y el cine
Gaumont son los lugares por donde el cineclub deambuló con sus latas
de películas a cuestas y con preestrenos, revisiones y filmes que
quedaban fuera del circuito comercial.
Salvador Sammaritano y su hijo
Alejandro, en una función del Cine Club Núcleo
También proyectaron películas en plazas, parques,
escuelas (imposible omitir otros esfuerzos, como los de
Mario Grasso y Víctor Iturralde en este
punto), y villas de emergencia donde nunca habían visto cine:
“Nos habíamos enterado de que unos antropólogos norteamericanos
llevaron a la selva africana películas de Norman McLaren, que los
nativos vieron con enorme interés –rememoraba Sammaritano–.
Y entonces llevamos material de ese director… entre las cintas había
una que era sobre unos numeritos de colores, con fondo blanco, que
cambiaban de color y se intercalaban en un cuaderno armando toda una
hecatombe y se caían para poder acomodarse. Causaba mucha risa, y un
boliviano grandote que miraba la pantalla con mucha atención, en la
mitad de la película se da vuelta hacia el publico y les grita: ¡No
se dan cuenta, carajo, que las cuentas están bien hechas! Caso que
nosotros, ‘intelectuales’, jamás nos habíamos dado cuanta y
empezamos a mirar los cálculos que, efectivamente, estaban bien
resueltos. Tanto que meses después cuando se empezó a dictar
matemáticas en las escuelas, vino un profesor de los Estados Unidos
a dar instrucción a un grupo de profesores argentinos sobre dicha
materia y presentó, a modo de ejemplo, una película de McLaren: la
de los numeritos. Lo del hombre de la Puna es una de las anécdotas
más lindas…”. Cada fotograma de Chaplin, Godard, Clouzot,
Fassbinder, Fellini, Pasolini, Eisenstein y tantos… tantos…. se
reflejan en las pupilas de cualquier espectador que los descubrió
gracias a Salvador Sammaritano y, en consecuencia,
pudo adentrarse en una permanente renovación de la estética, del
hombre y de la sociedad.
Salvador Sammaritano recibiendo el Premio
Kónex
Operado en 2002 de un cáncer muy avanzado que
hizo temer por su vida en aquél entonces, se repuso varias veces e
incluso continuó asistiendo al Cine Club Núcleo con cierta
regularidad hasta hace escasas semanas. Al momento de su deceso se
encontraba internado en el Sanatorio Colegiales y fuentes familiares
señalaron que en el último tiempo su salud había decaído mucho. Con
la muerte de Salvador Sammaritano, premiado con un
Cóndor de Plata a la trayectoria y socio honorario de la Asociación
de Cronistas Cinematográficos, desaparece un pilar de la crítica y
el cineclubismo argentino y, no detalle menor, sobre todo una buena
persona. |
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Entrevista
por Mariane Pécora, Periódico VAS.
Fundador de
cine club Núcleo, hace medio siglo, organización que sigue presentando
tres películas semanales en exclusividad a sus numerosísimos
asociados, en el Cosmos y Gaumont, profesor de cine en la Escuela
Nacional, de la que participó en su fundación, conductor de cultisimos
ciclos de cine en canal 7, secretario de redacción de la desaparecida
revista Radiolandia, participante de importantes foros del cine mundial,
y sobre todo por su espíritu solidario y de hombre de bien hacía gala
de su apellido evangélico. Se fue el buen Sammaritano y la gente y
sobre todo el mundo del cine lo vá a extrañar por el aporte que
siempre significó su presencia en todos los acontecimientos del cine
nacional, pero con los fundamentos de toda la cultura del cine del
mundo.Mariano Pécora no hace mucho lo entrevistó y este es un resumen
de la extensa nota del colega.
Se dice que en el Cineclub Núcleo se formaron muchos de los más
importantes realizadores y críticos cinematográficos de nuestro país.
Hace cincuenta y dos años que Salvador Sammaritano, mantiene viva esta
pasión por el cine. Su actividad no se ha limitado únicamente a
exhibir films a los asociados, sino que la ha proyectado hacia la
comunidad a través de funciones en universidades, clubes de barrio,
auspicios de semanas de cine, apoyo a cineclubs del interior y hasta
funciones en plazas y villas de emergencia.
La promoción del cine independiente, de las nuevas tendencias mundiales
y del cine de contenido social, le permitió entablar amistad con
directores de la talla de Federico Fellini y con actores de la calidad
de Vittorio Gasman, Marcello Mastroiani y Nino Manfreddi.
La Cinemateca Argentina, el Fondo Nacional de las Artes, la Fundación
Konex y Argentores han sido algunos de los muchos organismos de nivel
nacional e internacional que siguen homenajeando a Salvador Sammaritano
por su trayectoria y dedicación al cine.
P.Vas.: El Cine Club Núcleo está cumpliendo 54 temporadas
interrumpidas, cuéntenos cómo empezaron...
S. Sammaritano.: Éramos un grupo de melómanos de Colegiales, que nos
iniciamos viendo películas en el cine del barrio. Un día, allá por
1953, se nos ocurrió hacer una proyección de cine por nuestra cuenta.
Para convocar a los espectadores, hicimos un volante en el que
escribimos: "un núcleo de jóvenes admiradores del cine..."
Recuerdo que la tipografía de "núcleo" era más grande; como
hasta entonces no teníamos ningun nombre, a partir de ese momento
comenzamos a denominarnos Agrupación Cultural Núcleo.
P.Vas.: ¿Cómo y dónde se hacían aquellas primeras proyecciones?
S. Sammaritano.: Al principio teníamos un proyector mudo Kodak Cop, y
hacíamos las proyecciones en casas particulares; alquilábamos o comprábamos
películas mudas de 16mm. Luego conseguimos un proyector sonoro y
empezamos a buscar distintos lugares donde dar funciones. Casi siempre
circulamos por este barrio. Estuvimos en el auditorio Biravent en
Diagonal Norte, dimos algunas funciones en el Teatro del Pueblo, en el
Teatro de los Independientes (Pairó) en la sala del cine Dilecto en la
calle Córdoba. Recuerdo que en ese momento conseguimos una copia de El
diario de un cura rural, de Bresson, sin subtítulos en castellano y se
exhibió un miércoles en trasnoche con un lleno total, con gente
sentada en los pasillos. También estuvimos en el Premier sobre calle
Corrientes, en el IFT cerca de Abasto, en el Teatro de la Comedia de la
calle Rodríguez Peña...;(pasamos por varios cines que ahora son
cadenas de comercios multinacionales, hoteles, etc.) hasta que después
de varias travesías, y gracias a Bernardo Bergeret, que está a cargo
de la sala, conseguimos el cine Gaumont, que es el mejor de todos, y aquí
nos quedamos.
P.Vas.:A propósito de una sala en especial, la del Teatro de la
Comedia, existe una anécdota de cómo llegó a dar con ella...
S. S.: Siempre teníamos problemas para conseguir salas. Un día,
caminando por el "barrio del cine", me encuentro con un
viejito que repartía afiches de películas. Este hombre me pregunta cuándo
empezábamos con el cineclub. Le comento que no podíamos empezar porque
no teníamos sala. Entonces me dice que me va conseguir una. La verdad,
no le creí. A los dos días me llama una mujer a la editorial Abril,
donde yo trabajaba; era la hermana Amalia. Resulta que esta monjita era
conocida del señor que repartía afiches y nos ofreció la sala del
Teatro de la Comedia. En esa sala estuvimos bastante tiempo. Las monjas
eran maravillosas, sobre todo la hermana Amalia. Recuerdo que una vez
estábamos pasando una película bastante comprometida y le comento a la
hermana Amalia, socarronamente, que segura-mente tendríamos problemas
con la policía por ese film. Ella me responde: "no te hagas
problema, la sala está provista de puertitas en las paredes que dan a
un pasadizo secreto; podremos escapar antes de que entre la policía."
P.Vas.: En la década del 60 se editó Tiempo de Cine, la revista del
cineclub Núcleo, ¿Qué nos puede comentar de aquella experiencia?
S. S.: Entre 1960 y 1968 editamos, con Víctor Iturralde, José Agustín
Mahieu y Héctor Vena, Tiempo de Cine. Desde esta revista señalábamos
la decadencia del cine oficial y comercial, cuestionando su
anquilosamiento y superficialidad. Así nos hicimos eco del reclamo de
un cambio generacional en materia cinematográfica. Desde Tiempo de Cine
planteamos la necesidad de una modernización del hecho cine-matográfico;
para lo cual, pusimos la mirada en los jóvenes realizadores
independientes como Simón Feldman, Rodolfo Kuhn, Ernesto Dawi, David
Kohon, y Lautaro Murúa, entre otros. También hacíamos un profundo análisis
del nuevo cine europeo, principalmente la nouvelle vague francesa y el
neorrealismo italiano. Tiempo de Cine tuvo una vida bastante fructífera.
A mí me enorgulleció cuando Guido Aristarco, uno de los críticos más
severos y ortodoxos del cine, escribió que era la mejor revista de cine
de habla castellana.
P.Vas.: Otro tema que caracterizó a Tiempo de Cine fue la discusión de
la política cinematográfica del gobierno militar de los sesenta...
S. S.: Esa fue una época donde el gobierno de turno había impuesto la
censura cinematográfica. Nosotros no sólo nos oponíamos a la censura,
sino que cuestionábamos el desempeño del Instituto Nacional de
Cinematografía. Por ejemplo denunciamos las constantes irregularidades
que existían en el funcionamiento de ese organismo, una de ellas era la
sistemática relegación que se hacía a los nuevos directores. Tiempo
de cine, se constituyó en un órgano de presión y de repudio a las
constantes violaciones de la libertad de expresión que decretó la
censura de esos años.
P.Vas: ¿Qué pasó en Núcleo durante aquel largo período de los 70 en
que se censuraban o cortaban las películas antes de ser exhibidas?
S. S: Nosotros en el Cine Club Núcleo, siempre pasamos los films sin
cortes. Claro que todas las funciones eran prohibidas para menores de 18
años. En los 70, el censor máximo era un colega periodista, el célebre
"Tato". Hay una anécdota que lo pinta de cuerpo entero: lo
encuentro a Tato, por la calle y le digo que deje de prohibir películas;
entonces él me responde "vos estas loco, cuanto más películas
censuro más contentos se ponen los curas y los milicos; y yo trabajo
para ellos."
P.Vas: ¿Cuales son las cinco películas que le dejaron una marca
personal?
S. Sanmaritano: Es muy difícil, uno ha visto tantas... Pero puedo
mencionar: El Acorazado Potemkim de Serguéi Eisenstein (1925);
Intolerancia de Griffith (1916); Alejandro Nevski de Serguéi Eisenstein
(1938); Ladrón de Bicicletas de Vittorio de Sica (1948) y La Flauta Mágica
de Ingmar Bergman (1974)... Hay tantas películas, que uno siempre tiene
el temor de olvidar alguna. También se pueden rescatar realizaciones
argentinas como la Guerra Gaucha, de Lucas Demare.
P.Vas.: ¿Qué nos puede decir de la relación entre cine y literatura?
S. S.: La relación es muy estrecha, la mayoría de las películas están
basadas en obras literarias. Depende del genio del director que una obra
literaria se refleje en la pantalla como una obra cinematográfica.
Por otra parte, el cine representa a una sociedad y cada sociedad tiene
sus particularidades, si no es una película sin cuerpo, sin lenguaje
propio. Cada film ha reflejado una época y una comunidad en un periodo
de tiempo determinado.
P.Vas: ¿Cómo define la relación cine-televisión?
S.S: Aunque parezca que tienen el mismo lenguaje, son cosas muy
distintas. La televisión está sujeta a la "famosa" tanda
publicitaria, cosa que le quita continuidad al relato televisivo. Por
otra parte en televisión siempre se le da prioridad al rendimiento económico.
Tuve un programa de televisión que se llamaba Cineclub; lo emitíamos
por Canal 7, tenía mucha audiencia. Pasábamos muy buen cine. Pero un día
las autoridades del canal determinaron que había que levantarlo y así
lo hicieron. Lo cierto es que yo no cobraba por hacer el programa y
conseguía las películas gratis... pero para el canal tampoco era
negocio.
P.Vas:¿De dónde viene esta pasión por el cine?
S. S: ¡Ahh! (ríe)... La culpa tal vez la tiene mi madre, me llevaba de
niño al cine Nacional de Colegiales, que estaba por Dorrego a media
cuadra de la barrera; recuerdo que íbamos siempre a una función que se
llamaba "los jueves de damas" donde veíamos dos o tres películas
cada vez. Luego yo en casa fabricaba películas con las historietas de
las revistas y las proyectaba con una linterna mágica, hacía mis
propias funciones y cobraba 5 centavos la entrada.
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